Editorial El Heraldo - English

El mejor carnaval del mundo

Hay que verlo, vivirlo , bailarlo y gozarlo. Nuestro Carnaval podrá no tener los lujos y los oropeles fantásticos del de Río de Janeiro. Pero tiene en abundancia arrolladora —como lo han dicho todos los expertos costeños en el tema— una espontaneidad y una riqueza folclórica incomparables. Difíciles de hallar en otros Carnavales del planeta.

El gran fotógrafo barranquillero Enrique García que ha visto el Carnaval durante años, a través de su lente maravilloso, describe nuestra fiesta insignia en una frase comparativamente hermosa, magnífica como una de sus multicolores fotografías: “El Carnaval es como mil obras de teatro en un solo escenario”.

Y en efecto, eso es el Carnaval de Barranquilla: un inmenso y renovado teatro colectivo en el cual afloran todas las pasiones como si se tratara de un animal gigante que despierta rugiendo y desplegando su indómita fuerza y arrolladora energía. Un teatro múltiple, repleto de parodias y alegorías que, según el gusto o las inclinaciones personales, tiene espacio para todos sus personajes: una mujer coqueta y atrevida, alguien de la actualidad local, nacional o internacional, una negra puloy, un monocuco, una marimonda, un toro, un burro, un perro, un tigre, un gorila o cualquier otra especie del Zoológico carnestoléndico suelto y saltando por las calles.

Maribel Padilla, gerente de la Fundación Carnaval del Sur-Occidente, también define nuestra magna fiesta como: “Un derroche de sentimiento puro del pueblo, cuyas preocupaciones por el estado de violencia del país quedan temporalmente borradas, mientras en medio de la alegría y su amor a la vida muestra su identidad, sus raíces, su autenticidad”.

O en las palabras del profesor barranquillero Rafael Soto Mazenet: “El Carnaval costeño, y el de Barranquilla en particular, es el gran escenario en donde estalla ese modo de ser caribe que se expresa por medio del lenguaje gestual, gráfico, verbal, musical y a través del baile, el color y el disfraz”. Que es en lo que estamos los costeños desde la Batalla de Flores.

Es decir: el Carnaval es la simbolización viva de la comedia que se mofa de la vida cotidiana en la cual la tragedia suele ser todopoderosa. Es un momento colectivo, fugaz e intenso, que, mediante la sátira y la burla, nos muestra, al revés, la realidad de todos los días. Eso que se vuelve tan rutinaria y cansona que hay que tirarla por la ventana por lo menos una vez al año.

Es una fiesta estacional y entrañable capaz de estremecerles el alma y el esqueleto a todos los barranquilleros y costeños que la viven y la gozan. Desde el día del Bando hasta la medianoche de hoy martes de Carnaval. Cuando Joselito —su antológico personaje— muera de nuevo y se encuentre felizmente amortajado en su estrafalario y festivo ataúd. Descansando de sus cuatro días de jolgorio y borracheras. Reposo del cual se levantará, de nuevo, el año siguiente, lúcido y jubiloso, para emprender otra vez su eterno ritual de berroche y alegría.

Por eso esta racha de locura que, como cada doce meses, ha vuelto a pasar sobre la ciudad y sobre la región es todo lo contrario de las plagas bíblicas devastadoras. Su soplo vivificante se extiende y electriza cuerpos y almas por todos los rincones de la geografía caribe. Es un “levántate y anda”, que resuena en todo el país sacándolo de su habitual postración. Y preparándolo, con el modelo costeño, para salir del pantano de la desesperación en que se encuentra sumido por tántas torpezas políticas cometidas al más alto nivel desde hace tántos años.

Estamos de acuerdo con la autoridad suprema y espontánea de esta fiesta, la Reina María Gabriela Diago García, cuando con todo el impulso recibido de sus extraordinarias antecesoras ha dicho en medio del frenesí de las comparsas que giran y avanzan por los salones, calles y plazas, dentro de la multitud delirante, que el de Barranquilla ha sido siempre y seguirá siendo “el mejor Carnaval del mundo”. Por lo mismo, hay que empezar ya a preparar el próximo

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