Por ALFREDO DE LA ESPRIELLA
Cortesia El Heraldo


Cuento lo que me contaron los míos que vivieron y gozaron aquella espléndida época, cuando, a pesar de tantas angustias que padecía el país político con la amenaza de la guerra civil, llamada al final de la contienda de “Los Mil Días”, Barranquilla, lejos de aquellos dramáticos episodios que mantenía enfrentados a liberales y conservadores, compartía con el pueblo el sano regocijo de sus tradiciones carnavaleras que, para febrero constituían todo un acontecimiento.

Porque, en verdad, hay que exaltar estas virtudes de nuestra clase popular que año tras año con ingenio, gracia y simpatía realizaban todo un evento solidario de confraternidad estimulado por esa simpática manera de ser, ese modo de interpretar y mirar las cosas, desde ángulos y órbitas muy diferentes a las apasionadas frustraciones de las gentes del interior.

La clase alta decidió participar también en este gracioso regocijo, y en 1899 decidió nombrar presidentes y vice-presidentes del Carnaval. Recayendo el honor en la señorita Julia Pochet y don Arturo Aycardi, en Amira Comelín y Henry S. Price.

¿Cuál, pues, la participación de estos dignatarios en las festividades del carnaval del pueblo en aquel entonces?...

Apoyar, estimular y compartir de cierta manera la tradición contribuyendo con dinero y especies a que los “Salones burreros”, sedes de la diversión durante los tres días de temporada, estuvieran bien decorados, animados por “papayeras” y conjuntos de gaiteros y cumbiamberos, más tuvieran licor gratuito que, además la misma Municipalidad contribuía, pues, era de cierta manera un detalle que justificaba el buen comportamiento del pueblo barranquillero, digno exponente de sus propias virtudes cívicas.

Otrosí, la chanza pintoresca de la “Vara Santa”, la Guacherna y por supuesto el Bando del 20 de enero cuando toda la directiva y la principal iban a la plaza pública —primero, la calle Ancha, después el Camellón “Abello” a partir de 1866 donde escuchaban las décimas y versos del Rey Momo, más otras tantas simpáticas improvisaciones de repentistas que gozaban de mucho prestigio.

¿Cuánto tiempo, en verdad, duraba la temporada de Carnaval por aquel entonces? Del 20 de enero, a partir de las cuatro de la tarde cuando se oía el pregón del Bando hasta el martes, vísperas del Miércoles de Ceniza.

En esto, la autoridad era muy rígida. Primero, no se aceptaban disfraces que no fueran autorizados los días reglamentarios. Solamente, sábados por la noche y domingos durante todo el día se autorizaban estas parodias y las guachernas por los barrios donde se concentraban los vecinos para ensayar las danzas, comedias y mojigangas que, con mucho ingenio preparaban para hacer de las suyas y lucirse durante los tres días reglamentarios.

¿Iba la gente de la principal, la clase alta de primera como llamaban, a los “Salones burreros?—

Los varones, sí. Y disfrazados, también, porque era condición “sine qua nom” que nadie durante los días de Carnaval podía entrar a estos sitios sin careta, capuchón e identificados mediante una placa que la Alcaldía, en oficina especial que durante la temporada para este recaudo, abría con el fin de atender las múltiples solicitudes. Las señoritas de esta clase privilegiada no iban, como tampoco, entraban en ningún establecimiento público.

Entonces estaba muy mal visto que damas de cierta posición fueran a compartir con varones en refresquerías, cafés, etc. Ni siquiera cuando se puso de moda “La Estrella” aquel famoso café, estilo parisien que abrió a fines del siglo pasado don David López Penha, prestante figura de la comunidad judía y miembro muy apreciado en nuestra sociedad. Y, que, años más tarde adquirió don Ricardo Echeverría. Situado en la esquina del propio Camellón, con la carrera “Francisco J. Palacio”, más tarde de “El Progreso”.

Las damas concurrían el domingo a la plaza a ver las danzas y demás disfraces. Hasta 1903 cuando don Heriberto Vengoechea organizó la primera Batalla de Flores por el Camellón, donde lucían en elegantes “Victorias” y coches de punto bellísimos disfraces de fantasía.

Recibían, por supuesto, en sus residencias todos estos grupos que, por “asalto” se tomaban las casas de los personajes. Pero, nunca bailar con ninguno de estos danceros. Tampoco nadie se atrevía a faltarle el respeto a una dama pidiéndole que bailara con ella. La gente del pueblo respetaba su posición.

Las señoritas solo bailaban, bien en sus casas donde sus padres le organizaban saraos y fiestecitas familiares; o en el Teatro “Emiliano” donde se llevaba en todo Carnaval a cabo una de las más famosas y esperadas fiestas de las carnestolendas. Después, cuando se acondicionaron salones especiales en el Club “Barranquilla” a partir de 1907 y en el Club “A.B.C.” los bailes se efectuaban en estos aristocráticos salones.

¿Y qué música bailaban entonces?

Las clásicas de rigor. Danzas y contradanzas, pasillos, valses, polkas, rigodones.

¿Pero, nuestra música autóctona no se bailaba en estos salones?

No. Imposible. Ni siquiera los disfraces típicos se los ponían las personas de la alta clase social.

¿Y de qué se disfrazaban entonces?

Había muchísimos disfraces para escoger. Pierrots, Colombianas, Bufones, Arlequines, Hadas Madrinas, Girasoles, trajes suntuosos de la corte de Luis XV o de los Reyes de Inglaterra o de España. De este país, en cambio sí era común ver disfraces inspirados en temas peninsulares de pueblos ibéricos como valencianos, gallegos, sevillanos, incluyendo el atuendo de los gitanos, cuyas comparsas también eran muy celebradas incluendo temas folclóricos como la Jota Aragonesa, los paso-dobles y demás aires andaluces.

¿De qué se disfrazaban los Presidentes?

Buscaban siempre algo original. En la serie de fotografías que guardamos en el “Museo Romántico” se pueden apreciar estos lindos y originales atuendos. La señorita Julia Pochet, Presidenta en 1899 trajo todo su ajuar de París para el Carnaval. Los Caballeros de Pierritos y las Damas de Colombianas. El Sr. Price y la Srta. Comelín, vice-presidente se lucieron con su comparsa de Holandeses con vestidos también importados de Europa, o de Curazao y Panamá y La Habana.

¿Y con qué orquesta amenizaban los bailes en la alta sociedad?

Existían muchas personas preparadas en música, muy en particular, alemanes y organizaban pequeños grupos con otros jóvenes barranquilleros, lo que formaba parte de la diversión social. Las fiestas en las casas a base de piano e instrumentos de cuerda. Mucho más tarde, con victrolas.

¿Y, después de las fiestas, qué?

La Cuaresma. Meditación. Recogimiento. No se volvía a hablar más del Carnaval. Hasta el año entrante. Miércoles de ceniza. A las doce en punto se acababa el berroche. Todo mundo a prepararse para la absolución y a recuperar el tiempo perdido.