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Por Rafael Sarmiento Coley
Amigos que llegaron a prisa desde Nueva York y Miami se sumaron a los de
todos los rincones de Barranquilla que acompañaron ayer a Ralphi Cien hasta
su última morada en el Cementerio Universal.
Ahí estaban las marimondas del Barrio Abajo, los Congos de Montecristo, los
jugadores de dominó y los mamagallistas de Rebolo y Carrizal, también, no
podían faltar, los bacanes de todos los pelambres.
El cortejo fúnebre, en medio de un alboroto respetuoso, partió a las 10 de
la mañana de la Funeraria de los Andes de la carrera 38 con calle 56.
Y a las 11 de la mañana llegó, con su recorrido lento y muy concurrido, al
campo santo de Murillo. “Se nos fue uno de los hombres más conocedores de
nuestra música afrocaribe”, dijo el veterano locutor y salsómano Luis
Altamiranda, uno de los tantos amigos que fue a despedir a Rafael Figueroa
Lindo, el inolvidable Ralphi Cien.
A mí que me entierren un sábado de Carnaval: Ralphy Cien
Hace algunas semanas Rafael Alfonso Figueroa Lindo, mejor conocido como
Ralphy Cien, le dijo a Milton, uno de sus hijos, que le tuviera lista la
música con que él siempre quiso que lo enterraran. Era una enigmática
premonición.
El número uno de esos discos es El swing, del Gran Combo de Puerto Rico, que
él solía cantar, a su manera, a cada rato: “no soy médico ni abogado ni
tampoco ingeniero, pero tengo un swing, pero tengo un swing, que muchos
quisiera tener”. Tarareaba que “la gente me critica por no trabajar, pero
tengo un swing sabroso”. En la lista siguen, por supuesto, la inmortal
Número 100 de Alberto Beltrán, que dio origen al nombre de su famoso
estadero, así como todo el repertorio de Cortijo y su Combo con la voz del
sonero mayor Ismael Rivera, el inmortal Maelo, encabezado por el tema
Entierro a la moda. Antes de morir repitió una y otra vez que este último
disco no podía faltar por nada del mundo.
Desde hace algunos años, cada vez que se le disparaba la diabetes, su hija
Roxana le recordaba que debía respetar la dieta alimenticia que le había
ordenado el médico. Él respondía: “no le pares bola a eso, hija, que de algo
tendré que morirme”.
Siempre decía a sus hijos que no pasaría del 2010. También decía, con una
seguridad asombrosa, que moriría en vísperas de Carnaval, “para que todo el
pueblo carnavalero goce mi entierro y me recuerde para siempre”.
Todos esos presagios se cumplieron ayer en la madrugada. La última vez que
repitió lo de su muerte pronta fue con ocasión de su cumpleaños 74 el 26 de
septiembre del año pasado. “Yo no nací para semilla. No pasaré del 2010”.
En los últimos meses la terrible enfermedad que se le apareció cuando llegó
a los 50 años de edad apretó el paso. Hace algún tiempo le deterioró un dedo
del pie derecho. Con el riguroso cuidado de la familia poco a poco superó la
infección. En los últimos meses la enfermedad le atacó toda la pierna
derecha y los médicos dictaminaron que era mejor amputársela para que no
prosiguiera la infección pierna arriba.
Ralphy dijo que “primero muerto, que mocho”. Se negó a cortarse esa pierna
que era la que mejor sabía manejar para sus pases de salsa, su gran pasión.
“Yo nací para la música, el goce”, solía decir.
Su afición a la música afrocaribeña lo llevó a fundar el estadero La Cien en
pleno barrio Rebolo, detrás del legendario estadio Moderno. Fue el templo de
la salsa. Por allí desfilaron figuras como Johnny Pacheco, Héctor Lavoe,
Daniel Santos, Rafael Ithier, y también otros personajes de la farándula
nacional e internacional, así como escritores, políticos y, en general,
aficionados a la música salsera. Iban a rendirle pleitesía a Ralphy,
estupendo anfitrión, a pedirle que él mismo pusiera a sonar su música y la
bailara en esa gran pista de La Cien.
Él los complacía a todos. Porque él era el mejor de los bacanes que ha
nacido en estas tierras.
Ralphy fue amigo de sus amigos. Simpático, alegre y dicharachero, era
difícil no quererlo. Y quien lo conocía una vez, jamás se olvidaba de él.
Deja cuatro hijos: Arturo, Roxana y Milton de su primer matrimonio con
Benilda Cuello, y María del Carmen, con su segunda esposa Iveth Páez.
El sepelio se llevó a cabo a las 10 a.m. en el cementerio Universal, con
todo el toque feliz que él , un hombre con alegría perenne en el corazón,
pidió en vida
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