Triste fin de un puerto

Por CASTULO COLINA
Cortesia
El Heraldo

Junio 8 del 1924. Nuestro padre acostumbraba, cada vez que estábamos de vacaciones, llevarnos a un chequeo médico antes de ir de nuevo al colegio, y fue así que salimos a las 2 de la tarde de Puerto Colombia hacia Barranquilla en el tren de pasajeros que regresaba a las 5:30 de la tarde. Al llegar a la Estación Montoya encontramos que la gente corría de un lugar a otro. Ese día no pudimos hacer nada y regresamos por la tarde a Puerto Colombia en el tren bañista como lo llamaban en ese tiempo, ya que ese día ocurrió el accidente de aviación donde murieron Vonkrohn y Cortissoz.

CUENTO DE GATO

Mi hermana Luisita es más grandecita y mayor que mi persona. Ella siempre le preguntaba de las cosas del muelle a nuestro padre. Al día siguiente, él estaba leyendo el periódico en su mecedor para enterarse de la tragedia. Después de terminar su lectura, él decía: “¿quién le pondrá el cascabel al gato?, ¿quién será?” Mi hermana le preguntaba, ¿qué quiere decir eso? El le decía: “Literata, ¿por qué me preguntas? ¿quieres estudiar para periodista o ser una buena escritora? Te contaré: el gato es el río Magdalena, escarba por donde pasa, deja el sucio y tapa. Lo que no ven, ni le ponen el cascabel son los barranquilleros, que no ven el “gato”, ni lo sienten porque no tienen cascabel.
“El se lleva todo lo que encuentra. Llega aquí muy cerca a las Bocas de Ceniza y deja todo sucio. Tú como literata, quiero que me des una moraleja de esto. Ya te ayudé en la historia”. Pero ella siempre preguntaba: papá ¿el gato llegará aquí? El respondía: “Ahora no, porque el mar lo controla, él trata pero no puede hacerlo, si le abren el camino, puede que entre; eso es lo que están buscando, que “el gato” llegue al puerto marítimo. ¿Por qué no pensar en grande, con los adelantos modernos de la ingeniería, qué no se podría hacer en la bahía al correr de los años? Pero si llegan a prolongar los tajamares de Bocas de Ceniza y encajonan al río, la fuerte corriente romperá la barra, se llevará la Isla Verde y enterrará con su sedimentación el muelle, sus playas aumentarán, alejando al mar”.

Decía Cisneros: “Desde hace muchos años los barranquilleros han anhelado el establecimiento regular de la navegación por Bocas de Ceniza, hasta el frente de su ciudad. En épocas más favorables del año, la barra no es mayor de 16 pies. El canal principal cambia de posición y profundidad constante. Existe allí un traidor mar de costado, el cual aún en tiempo de calma es difícil de navegar y pasar, es sucumbir ante posibles pérdidas de vida. La construcción del muelle de Puerto Colombia ha satisfecho las necesidades de las compañías de vapores que visitan Puerto Colombia, ninguna de ellas que yo sepa, apoya el movimiento actual en favor de la navegación por las Bocas de Ceniza”.
Diciembre de 1924. Cumplía el muelle de Puerto Colombia un año de haberlo ampliado y remodelado. Grandes movilizaciones de carga pasaban para Barranquilla y el interior del país, los barranquilleros no gustaban de su puertecito, lo miraban con indiferencia. El Gobierno, queriéndole dar su boleta de defunción, no una cédula de ciudadanía.

Años 1925-1943. Empezaron los trabajos de los tajamares para encajonar más y más al río. La Ulen Company elabora los primeros enrocamientos. Pero amigos ¿qué pasó con los primeros enrocamientos? Quienes conocen el mar y sus olas, saben que él trata de botar todo cuerpo extraño que recibe hacia afuera de sus riberas con sus corrientes y olas. Recuerdo que cuando llovía y los arroyos desembocaban al mar, esa agua se revolvía y el mar intentaba sacarla todo el tiempo hasta quedar de nuevo su color natural.

Serían las cuatro de la mañana cuando sentimos que algo extraño estaba sucediendo en la bahía, parecía que el diablo hubiera llegado.

Las olas se levantaban con fuerza, estrellándose en sus riberas. El mar cambia poco a poco su color natural a gris, los buques redoblan sus amarras al muelle. Algunos se alejaron de la bahía para no sentir los golpes de las olas. Mi hermana Luisita se levantó primero y salió a la puerta, regresó corriendo y dijo: papá, ¿qué le pasa al mar? Veo que no está lloviendo y sus olas son más y más grandes. Mi padre contesta: hija, creo que al “gato” le abrieron su camino, hay que tomar precauciones. Se bañó y se fue al muelle.

El mar siguió por varios días como perro rabioso hasta que llegó de nuevo la calma, como diciendo: “conformidad”. La gente decía que era un maremoto, pero eso no existió nunca. La fuerte corriente del río, en lugar de correr mar afuera, corrió hacia la orilla. El agua se metió en Salgar acabando con casetas; tumbó el Colegio Gabriela Mistral, que era una bonita construcción; se llevó una plataforma que tenía el señor Bonfanti que servía de distracción los domingos; lo mismo una que tenía el señor Cedeño, también la dañó; en fin, tanto a Salgar como a Puerto Colombia le causó muchísimo daño.

El muelle sigue su curso, pero sí se notó que la bahía perdía poco a poco sus profundidades. La Isla Verde que servía como un rompeolas, fue poco a poco desapareciendo.

Esperamos todos los porteños que el muelle de Puerto Colombia, que fuera el tercero por su longitud en el mundo, ya que los dos primeros se encuentran en Inglaterra, lo lleven a la categoría de “Monumento histórico” para la cultura turística porque lo más triste de esta historia es el abandono en que el Gobierno tiene su mar y sus playas. ¿Por qué no hacer un puerto pesquero?

Tomado de la revista “Un muelle aban-donado 1943-1999”.