| Por YOMAIRA LUGO
CONSUEGRA - Cortesía El Heraldo
El Carnaval de Barranquilla es escenario de
grandes contrastes. Es cierto que en alguna medida es una fiesta que
unifica a la población y rompe las fronteras de las clases sociales
durante los días de su celebración; no obstante hay marcadas e insalvables
diferencias entre los distintos actores del Carnaval, todos con legítimo
derecho a participar desde sus respectivas posiciones en la sociedad.
En el norte los cumbiamberos, congos, garabatos, monocucos y marimondas,
contratan con meses de anticipación a los más famosos diseñadores de la
ciudad, encargan las mejores telas y accesorios a Miami y se someten a
varias pruebas de vestuarios hechos sobre medida.
En el sur esos mismos personajes de las carnestolendas, a última hora
cuando ven que no les ha llegado el patrocinio prometido, recorren los
almacenes de textiles para pedir les regalen o fíen retazos de cualquier
clase de tela, que las mismas mujeres del grupo folclórico mucha veces
cosen a mano, pues no cuentan con una máquina. Todos los integrantes
además, elaboran con papel crespón y almidón de yuca sus propios
accesorios
Los de arriba, pagan altos honorarios a coreógrafos prestigiosos que los
ensayan en clubes y salones con aire acondicionado. Los de abajo, reciben
las indicaciones dancísticas de los miembros más antiguos, en los patios
calurosos y resecos de sus casas.
Mientras los más pudientes, se ponen en manos de peluqueros, estilistas y
maquilladores titulados, que garantizan el uso de finos cosméticos
antialérgicos, normalmente traídos de Francia y se desmaquillan con suaves
cremas y mascarillas protectoras, los más pobres preparan mezclas de
blanco de zinc y polvos de arroz coloreados con anilina vegetal, para
pintar sus caras unos a otros, que después limpiarán con manteca de cocina.
Los de clase alta, antes de comenzar las presentaciones, ingieren
alimentos balanceados y llevan bebidas energizantes y vitaminizadas,
además de whisky; los de la otra clase, si acaso, han probado un tinto
como desayuno y si tienen suerte, mitigan la sed con agua de panela y ron.
Cuando comienzan los desfiles, los suntuosos grupos de la elite
barranquillera, cuentan con portentosos equipos de sonido y reconocidas
agrupaciones musicales que los ambientan en su recorrido y que acallan por
completo al pequeño grupo de millo y tambor, que estoicamente pretende
marcar el ritmo a los actores populares que acompaña.
La vistosidad y lujo de los danzarines del norte, comparsas de clubes,
corte de la reina, y escuelas de danza, en grupos conformados por
centenares de integrantes, lucen cuerpos esculturales y esplendorosos
diseños con canutillos y lentejuelas importadas, que van haciendo resonar
a su paso aplausos y gritos de admiración del público.
Mientras que los auténticos hacedores del Carnaval, pequeños grupos de
humildes personas que sueñan todo el año con poder ser vistos y
reconocidos por la otra ciudad, pasan inadvertidos y muchas veces
abucheados por la multitud, porque sus vestuarios están ajados y mustios y
porque sus cuerpos no han sido torneados en el gimnasio, sino que están
curtidos y estropeados por el sol del mercado y de las calles en donde la
mayoría, trata de sobrevivir como vendedores ambulantes, albañiles o
lavanderas, privándose hasta de comer para poder participar en el Carnaval
de Barranquilla.
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