Carolina Manotas Baena...y sus bellas chicas!

Capuchón, flores naturales y mucha serpentina

Cortesía El Heraldo

El Carnaval de Carolina Manotas Baena, hace cincuenta años, fue súper alegre, lleno de colorido y sobre todo popular.

Se puso de moda el capuchón; y en vez de maicena llovía confeti y serpentina.
Todo se concentró en el Paseo Bolívar. A partir de las 10 de la mañana las danzas se presentaban espontáneamente, sorprendiendo con sus bailes y sus vestuarios.
Fue un reinado en el que los barranquilleros y visitantes gozaron siempre disfrazados durante los cuatro días de jolgorio.

Desde su proclamación hasta el Miércoles de Ceniza su casa fue el centro de reunión. Permanecía abierta con comida para todo el que llegaba. Las danzas ofrecían sus espectáculos, haciendo un carnavalito todas las noches.

Por encima de toda esa alegría, en Carolina reinaba un gozo espiritual que aún perdura en su corazón. Por eso durante su Carnaval cumplió con su compromiso de ir a misa todos los días. Salía disfrazada para no ser reconocida; en ese entonces tenía en mente ser religiosa.

Su coronación fue todo un espectáculo en el Teatro Metro, decorado por Emma Tovar de Buitrago. Lució bellísima con un vestido en raso blanco y una fina capa en terciopelo rojo elaborada por cuatro costureras caseras. Estaba completamente bordado a mano por Ana Mercedes de Romero y Dolores Baena.

Al terminar el acto Carolina asistió al gran baile de etiqueta en su honor, en el Club Barranquilla, donde fue presentada la orquesta Don Américo y sus Caribes.

Su Batalla de Flores pasó a la historia por varios motivos: fue multitudinaria, vinieron representantes de varios departamentos del país, participaron 30 carrozas patrocinadas por empresas privadas y su carroza era hermosa: un violín con un arpa elaborada por el cartagenero Víctor Araújo. Estaba adornada con diversidad de flores naturales y muchos espejos. Hoy se exhibe una réplica en el Museo Romántico.
 


Su Batalla de Flores salió del Estadio Romelio Martínez, bajando por Olaya Herrera hasta el Paseo Bolívar, donde había un templete. Luego se devolvió por la misma avenida hasta llegar al sitio donde se inició.

Por la noche el Country Club le ofreció un baile que denominó “Los sueños de Carolina”, con orquestas internacionales.

El Domingo de Carnaval acompañó a los integrantes de la Danza del Garabato, también concurridísima.

Debido a las múltiples actividades, Carolina tuvo cinco edecanes “para no cansarlos” como ella dice ahora, y para que estuvieran disponibles. Tuvo nueve princesas e igual número de príncipes.

Ignacio Dugand le compuso un bellísimo porro que tituló “Ay Carolina”, que luego fue adaptado en 1999 para su nieta Julia Carolina, el día de su coronación.

Su Carnaval se hizo en las calles, en los clubes sociales, en el Hotel El Prado y en las casetas. En ese entonces estaban de moda el Carioca y El Águila.

Carolina encontró el amor de su vida el Miércoles de Ceniza, en un almuerzo que le ofrecieron en Puerto Colombia. Manuel De la Rosa, quien estaba enamorado en silencio, decidió declarársele. En julio se comprometieron y en noviembre de ese mismo año se casaron.

Desde entonces se dedicó a su familia, a colaborar como dama Gris en la Cruz Roja y a ayudar a varias organizaciones benéficas, su gran compromiso con Dios.

Ella es una mujer llena de amor, el mismo que le ha inculcado a sus hijos Manuel, Luis Eduardo, María Emilia, Carlos Ignacio y Carolina, quien está en el cielo pero sigue viva en su corazón.


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